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VI
En primavera se acercan confiados ruidos y colores
en estricta brevedad de soles y acuarelas.
Extasiado el silencio, opta por quedarse,
en tanto anochece sobre los pinos
y mi voz se diluye,
sobre ese sendero que ya nadie recorre
salvo el olvido;
ese espacio donde el lenguaje
abandona la palabra
que de hecho será nada.
¡Tantos y tan difíciles nombres!
Al recuerdo también le sucede ser maligno
como cuando arrastra rostros y deseos y puentes.
De mi mano pende un poema hecho de viento.
La luna al hombre lo mira al revés.
La lluvia reconcilia el cielo con el mar.
Las esperanzas son castillos que se dejan viajar.
Un rayo que huye parte la tarde en dos.
No es cierto que las horas se marchen
como no es cierto que el verbo esté en el pan.
Ir y venir
el pensamiento roza el borde
del quinto anaquel
donde palpita esa sustancia indescifrable
de que están hechos los días.
Ir y venir
la mano alcanza a la mirada que se expande
atravesando espejos y fantasmas,
entonces, flotando sobre el lecho
el corazón ruge de felicidad
hecho flama.
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